Un Saludo Cordial: Relaciones Interpersonales.

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Vivir una vida plena depende básicamente de un concepto: la felicidad. Así que mi comportamiento, mis hábitos, mis acciones, mis tareas, tienen como constante un simple parámetro: ser feliz y hacer felices -de algún modo- a los demás, y eso es base para las buenas relaciones interpersonales

De ahí un nuevo hábito que estoy adquiriendo: regalar un saludo cordial, llamando por su nombre a todo el mundo que me sea posible. Es decir, siempre acompañar el saludo cordial con el nombre de la persona a quien me dirijo. Lógicamente, es algo que ya hago generalmente con todo el mundo que conozco -amigos, clientes, familiares-. Pero…

Pienso en mi rutina semanal -compras, vecinos, paseos- y más o menos siempre coincido con los mismos desconocidos. El operador de caja del banco, la carnicera, el vecino, el dueño del bar de debajo de casa, etc. Todas ellas son personas con las que me cruzo prácticamente a diario, incluso con alguna de ellas mantengo breves conversaciones con cierta frecuencia. ¿Realmente son desconocidos? No lo creo. Son personas como yo, cada una con su trabajo, su vida y sus conocidos, pero que conviven conmigo cada día. No hace falta vivir bajo el mismo techo para compartir una vida y mantener buenas relaciones interpersonales.

Así que me he propuesto esta nueva costumbre, dar un saludo cordial con el nombre a cada uno de los actores de reparto de mi vida. De este modo:

  1. Puedo conocer un poco más a esos desconocidos, incluso creando la oportunidad de hacer surgir nuevas amistades.
  2. Contribuyo en su felicidad. Porque no nos engañemos, cuando alguien aparentemente desconocido te llama por tu nombre, te hace sentir más feliz. Acostumbrado a vivir en una metrópoli, uno se mueve de un lado para otro dentro de su burbuja, rodeado diariamente por cientos de personas a las que apenas miras a los ojos.  Nadie te conoce, eres un caminante solitario en medio de la multitud. Pero si en un momento, ya sea paseando o haciendo cola en el cine, repentinamente alguien te saluda por tu nombre, una voz interior se despierta y te recuerda “¡Ei, ése te conoce! Eres alguien, eres tú.”. Levantas la mirada, dibujas una sonrisa y devuelves el saludo cordial. En ese preciso instante, te sientes mejor. Alguna persona dentro de esa gran masa que va a la suya te conoce, y además, se acuerda de tu nombre.

Pienso, por ejemplo, en la cajera del supermercado. Como mínimo pasa 4 horas seguidas en el mismo sitio, marcando productos con un láser y cobrando la compra de los clientes. Estoy convencido de que no debe ser un trabajo muy relajante. Es más, comprendo el estrés que deben pasar al ver las colas que a veces se forman en una sola caja. Colas de personas también estresadas, con prisa, pendientes únicamente de la cantidad de productos que llevan en sus carros los que van delante, y como no, de lo rápida que sea la cajera al cobrar. Resoplan, se mueven constantemente, e incluso alguno suelta “¡Niña, date prisa!” o “¿Por qué no llamas a una compañera para que abra otra caja?”. Encima exigencias.

Pues yo me propongo cambiar esa tónica. Y además de no estresarme, llenarme de paciencia y dejar de mandarle energía negativa a la pobre muchacha, cuando llegue mi turno miraré la placa de su solapa, me fijaré en su nombre, y justo cuando me devuelva el cambio le diré firme y claro “Muchas gracias, Marta”. Estoy seguro de que, aunque sea por un sólo instante, podrá tomarse un respiro, sonreir, devolverme el saludo y sentirse mejor, más valorada, y en consecuencia ser un poco más feliz.

Total, no me cuesta nada. Siempre que interactúe con alguien, sobre todo cuando estén atendiéndome, seguiré el siguiente método:

  1. ¿Cómo te llamas? En muchos establecimientos, la plaquita identificadora de la camisa me lo chivará. Si no es así, te lo pregunto, que para eso me han enseñado a hablar.
  2. Te saludo por tu nombre. Ya sea para un hasta luego, un muchas gracias o para pedir algo más, siempre lo acompaño de tu nombre.
    Seguro que la mayoría de la gente se lo tomará bien, aunque puede que alguno me trate de loco o piense que estoy intentando flirtear. A mí me da lo mismo. Como mínimo, seguro que arranco una sonrisa. Y eso, sea quien sea y piense lo que piense, le hará sentir mejor.

¿Y tú? ¿A quién le preguntarás hoy su nombre? ¿Lo utilizarás siempre que le saludes? Atrévete a utilizar siempre un saludo cordial y fortalecer las relaciones interpersonales.

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