Mi Abuelo, Mi Cómplice.

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Hoy en día vivimos inmersos en una sociedad en la que priman las prisas, el estrés, los continuos cambios laborales… En medio de esta vorágine, la figura del abuelo emerge como un bote salvavidas en numerosas familias. Alguien a quien recurrir, alguien en quien confiar y, sobre todo, alguien que se encargue del cuidado de nuestros hijos cuando estamos trabajando.

Desafortunadamente  son muchos los abusos que se están dando en este sentido, se concretan en el denominado “síndrome del abuelo esclavo”, o cuando de tanto cargar a nuestro bote salvavidas, termina por hundirse. Cansancio permanente, hipertensión emocional y malestar anímico son algunos de los síntomas.

En muchas ocasiones, las personas mayores se ven en la obligación de criar a sus nietos, para así proporcionarle a sus hijos una vida más desahogada, aunque cabe destacar que cada situación familiar es diferente y no podemos generalizar. Su papel, sin embargo, debería de ser mucho más enriquecedor, tanto para ellos, como para nuestros hijos. Simplemente deben disfrutar de la compañía mutua y de la relación que se establece entre abuelos y nietos. Y es que veces se dan situaciones en las que llegan a caer enfermos.

El otro lado de la moneda son los abuelos que pretenden asumir el rol de padres, imponiéndose ante éstos y queriendo educar a sus nietos de igual forma que hicieron con sus hijos. En ambos casos se trata de un abuso de poder, de no aceptación del papel que nos toca desempeñar en las relaciones familiares. Muy diferente es cuando esa mezcla de roles es voluntaria y necesaria para la educación del niño.

Sin embargo, esta parte negativa es mejor dejarla para otro artículo, en el de hoy quiero resaltar la labor tanto familiar como social que nuestros abuelos desempeñan.

Siempre he pensado que la relación que se puede llegar a establecer entre los abuelos y nietos es especial. Especial en la medida en que son dos fuentes de cariño mutuo, en que ambos están en la misma dimensión social, aunque aparentemente disten tanto por diferencia de edad. Ambos se encuentran fuera de la “cadena de producción”, esa que nos hace excluirnos casi inconscientemente del disfrute que da el placer de las pequeñas cosas. Ese mundo, sin embargo, es el suyo.

La figura del abuelo representa, además de una fuente de experiencia, un eslabón necesario en la cadena familiar. Los nietos ven en sus abuelos la figura de un adulto cómplice, de “una persona mayor” a la que contar sus secretos sin que les recrimine su comportamiento, la parte más dura y menos permisiva de la educación es tarea de los padres. Abuelos y nietos disfrutan de un paseo por el parque, de jugar con la arena… Los padres son aquellos que pelean y se disgustan con el niño cuando éste llega a casa con los zapatos llenos de barro y los pantalones sucios. Esas deben ser las correctas relaciones familiares.

El abuelo vuelve a vivir la infancia desde su nueva posición, mucho más consciente y sobre todo, disfrutando mucho más del momento. Pero ese vínculo madura con los años, el cariño entre ambos perdurará y la imagen del abuelo esperando a la salida del colegio a su nieto, tornará a la del nieto que va a recoger a su abuelo al centro de día. Desde mi experiencia como directora de Vitalia Centros de Día, veo con enorme satisfacción la complicidad existente entre ambas figuras. Me gusta observarles y ver que en ocasiones nuestros abuelitos se sinceran antes con sus nietos que con sus propios hijos. Es esa relación que se fraguó hace años, cuando los dos hacían pactos secretos, cuando entraban a hurtadillas a la cocina para coger el bote de caramelos…la que perdura con el paso del tiempo.

Ambos disfrutan de su compañía, la experiencia de uno es agradecida por la vitalidad del otro, es como un intercambio basado en el cariño y la complicidad. Los abuelos aportan el sosiego que les ha dado los años de experiencia, la sabiduría y el tiempo que los padres por sus diversas obligaciones carecen. Pero sin lugar a duda, uno de los aportes  más importantes de los mayores de la familia es la transmisión de vínculos familiares más completos. Poseen una visión más amplia, un concepto de familia más rico.

El nieto, por su parte, es capaz de proporcionar aire fresco al abuelo, de brindarle un enfoque distinto a la hora de ver las cosas, un nuevo punto de vista, el de otra generación.

Dicen que las personas aprendemos a ser hijos sólo después de convertirnos en padres, y a ser padres cuando somos abuelos. Pensemos, por tanto, que somos susceptibles de pasar por cada uno de los peldaños que conforman una familia, que debemos vivir cada etapa y sobre todo disfrutar de las relaciones que entre los miembros se fraguan. Todos tenemos algo que aportar, y nuestros mayores nos sacan mucha ventaja; dejarles de lado, sería hacer a un lado el cariño incondicional y una fuente de sabiduría.

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