¡Ay, Cómo Duele Crecer…!

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La paja en el ojo ajeno…

Siempre tenemos a la mano una lista mental con fechas, hora, gestos, palabras, acciones, y sobre todo los resultados que trajo ese error y si es algo que nos hizo sufrir, nos encargaremos de que esto no pase nunca al olvido.

Siempre estamos pensando que el señalar los errores del otro nos traerá algún tipo de beneficio mágico, nos hará sentir mejor y sobre todo hará que la otra persona nos respete y nos valore haciendo cambios importantes en su vida.

Pero no nos damos cuenta que estamos muy lejos de lograrlo; quizá después de vaciar en el otro nuestro desprecio y nuestro resentimiento nos haga sentirnos mejor pero en un plazo muy corto volverá el resentimiento para continuar con nuestra actitud y nuestro dolor.

Hemos escuchado muy seguido algo parecido a:

  • ¡Cuando me casé estaba muy enamorada! Pero ahora ya no. ¡Él se ha encargado de que yo cambie!
  • ¡Ella era muy buena, pero nomás nos casamos y cambió todo!
  • ¿Porque tengo que cambiar yo? ¡Que cambie el primero!

Nos cuesta tanto crecer y tomar las riendas de nuestra vida y observar qué tanto del problema que tenemos es nuestro. Es muchísimo más cómodo quedarnos pequeños emocionalmente y no crecer para no ver lo que sucede a nuestro alrededor.

Crecer físicamente es algo inevitable, pero el hacerlo emocionalmente, eso es diferente.

Eternos adolescentes

¡Nos quedamos adolescentes y no crecemos!. Esta es la verdad, aunque duela. Queremos, al igual que los adolescentes, creer para disfrutar de las libertades y diversión pero quedarnos pequeños para las obligaciones.

Leyendo un artículo de la terapeuta Edda Montull sobre las ventajas de las crisis, ella menciona que hay que recordar que cuando pequeños mamá todo nos soluciona y somos felices, y al pasar cada etapa sucede una “crisis” donde vamos adquiriendo habilidades, en cada experiencia que vivimos adquirimos aprendizaje y nos sentimos más seguros cuando vamos dominando ese nuevo terreno y es así como crecemos.

Las crisis nos dan miedo porque nos enfrentan a la realidad. En la niñez tenemos el pensamiento mágico, en la adolescencia se empieza a perder y no queremos, deseamos que esa magia siga de forma permanente.

Los estudios realizados en los años recientes muestran que la adolescencia se ha retrasado considerablemente, los jóvenes de 18 años no quieren responsabilidades, apenas están empezando a disfrutar los deleites de la libertad.

Echemos un “vistazo” al mundo actual y sus jóvenes, los que tenemos hijos de la edad de entre 18 a 25 años vemos que la fiesta es continúa, hacen lo que sea para lograr salir cada vez más tarde, para disfrutar “más”, estar en un torbellino de ruido, de música, de fiesta donde se olvidan de todo.

Y pensándolo bien ¿por qué no? ¿quién quiere ver la realidad si duele tanto? ¿para que me quedo en casa y observo los pleitos, o escucho regaños y continuas cargas de tareas que debo hacer?. Prefieren permanecer dormidos el mayor tiempo posible quizá porque intuyen lo que significa el “crecer”.

Sin embargo, el tiempo pasa implacablemente y no nos espera. La vida nos alcanza y cuando nos damos cuenta ya somos adultos ¡¡Que horror!! ¿A que hora llegó?.

Cuando sufrimos una crisis no sabemos cómo afrontarla ya que estamos perdidos en nuestra confusión, en no querer que nos duela y es tanto el dolor que buscamos que todo termine y paradójicamente caminamos irremediablemente hacia mas dolor y repetimos, repetimos y repetimos el mismo comportamiento o nos relacionamos con el mismo tipo de personas que terminamos igual que antes.

Aquí se obliga una pregunta: ¿sigo siendo un adolescente?. No importa la edad cronológica que tengamos muchas veces somos unos niños atrapados en un cuerpo adulto de hombre o mujer; ¿sigo en la fiesta a pesar de tener más de 28, 30, 32 años?, o si estamos casados sigo sintiéndome como soltero/a y ¿no asumo mis responsabilidades?

Madurar Emocionalmente

Muchas veces nuestras acciones son inmaduras pero al poseer un cuerpo de adulto con derechos y ventajas que trae la edad imponemos reglas, ideas, disciplinas, emitimos opiniones, marcamos lineamientos y políticas erróneas ya sea en nuestra familia, en nuestra pareja o relación sentimental, con nuestras amistades y vamos viviendo la vida pensando que estamos bien y los equivocados son “los otros”, enfrentando crisis y problemas que no comprendemos porque nos pasan y decimos:

¿Por qué yo?, ¿porqué a mi? Y si nos colocamos en el papel de víctimas podemos decir ¡claro ya sabía! Que me iba a pueden ser mil opciones, mil razones y nunca veremos nuestra participación.

La madurez llega cuando volteamos nuestra mirada hacia nosotros mismos y nos atrevemos a ver como somos.

En este momento el dolor va a llegar, pero este dolor es de crecimiento, lleva un sentido positivo y empezaremos un recorrido diferente que tarde o temprano nos conduzca a la libertad.

Me gustaría terminar compartiendo una frase que leí, donde una anciana llamada Rose de ochenta y siete años entró a la universidad a estudiar y durante su estancia se hizo muy famosa y en una ocasión compartió con todos sus compañeros unos pensamientos llenos de sabiduría entre ellos este:

Hay una diferencia entre “crecer” y “madurar”, crecer es parte de estar vivo y “madurar es opcional”.

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